Nada hay, nada queda

Nada hay afuera de mis ojos nublos,
lluviosos de penas que naufragan
mientras el tiempo exhibe su reloj,
macabro compás de arena
que cae en ciénaga...
silencios goteando en el lago negro
donde mis recuerdos se ahogan.

Nada en los cristales, 
opacos y sucios
de años y esperas,
de distancia jamás recorrida,
de paciencia marchita
como la última orquídea
de ese jardín siempre difuso
donde todo lo que existió
queda engullido por la boca feroz
de un rencor que acaba de nacer.

Si no te amara

Si no te amara,
jamás existiría éste instante
en que la negrura de mis ojos
indaga en la negrura de tu mirada.

Si no te amara,
jamás sería el momento
en que mis dedos acarician
el tacto delicadísimo de tu piel de nácar,
el incendio de tu cuello
lleno de albas que níveos
fulguran en tu tez tímida y rosada.

Si no te amara,
¿Cómo crees que mis labios
ansiosos de tenerte
no prolongarían, si acaso, un segundo más
cerca, tan cerca de ésa tu boca grosella?

Por supuesto que te amo,
ahora, sólo ahora,
justo en esa línea imperceptible
que divide el instante en que te beso
del momento en que tu sangre se derrama.

Lloran los muertos

Lloran las estatuas,
llueven sus lágrimas ocres de piedra
sobre las olvidadas lápidas.

Fúnebre, a lo lejos
un cántico macabro
acompañado de un graznar de cuervos
y el eco somnoliento
de las ánimas, que
ahogadas en lamentos suspiran,
gimen, imploran
los dedos que acaricien su losa,
su tumba enmohecida,
la mano que recuerde,
la voz que quiebre ese silencio,
hondo, hueco, lánguido
que queda suspenso en el aire,
allá, donde los muertos 
al igual que las gélidas estatuas, 
lloran.

¿Quién me vela, quién me llora?

¿Quién me vela?
¿Quién, en éste abisal foso
de memorias rotas?
¿Quién me llora?
¿Quién?
Cirios blancos apagándose
y silencio monstruoso
que devora ecos y horas.

Palabra muda,
sin rosa sobre la tumba,
lápida ajada,
rota de soledad,
de noches eternas
donde sólo las campanas retumban
su son a muerto,
donde los árboles se retuercen
y dejan caer sus hojas
sobre la pétrea puerta
que encierra mi triste cuerpo.

Canción de cuna vampírica

Duerme, duerme criatura
que la noche te acaricia
con su negro terciopelo,
la soledad te acuna
y el silencio es ángel
que con plumas oscuras
te abraza y arrulla.

Duerme, duerme criatura
que los lobos aúllan
y te traen la luna
para ocultar el alba,
que el búho ulula
y las tinieblas te cubren
con su raso de negrura
para que nunca te roce
la cruel mañana.

Duerme, duerme criatura
en tu sombría caja
de satén neblinoso
y cálido caoba.

Sueña, sueña, criatura
con crepúsculos púrpuras
y nubes rojas.

Duerme, duerme criatura.
"Bienvenidos siempre a mi etéreo hogar de tinieblas, lóbrego lugar donde la letra oscura se desangra".
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